Refumar
Por placer, para retomar la inspiración en una de esas lagunas mentales, porque me faltaba algo, o lo que es peor, por puro aburrimiento, he recaído. Sí, lo he hecho, he vuelto a fumar. Lo cierto es que cuando lo dejé no lo hice con demasiado convencimiento. Más bien fue por casualidad. Llevaba, allá por finales de noviembre, una temporada con carraspeo de garganta. El malestar no cesaba y el humo me molestaba, así que decidí no fumar más. Al principio lo llevaba bien, pero no todo iba a ser tan bonito.
Llegó la noche de fin de año y cuando me vi con la copa en una mano sentí que en la otra necesitaba algo. Siempre está el típico “buen” amigo que te ofrece tabaco, bien porque no sabe que lo estás dejando o bien porque prefiere que tú fumes, será que así él se siente un poco mejor. Era la combinación perfecta, mi necesidad y su amabilidad, la noche, el alcohol...en fin, fumé.
A la mañana siguiente me sentía mal, física y moralmente. No era tanto la conciencia como el sentimiento de fracaso, una vez más mi fuerza de voluntad (si es que la tengo) me había abandonado a medio camino.
En mi casa pensaban que seguía sin fumar así que volví a tener 16 años, aquella época en la que malfumaba, rápido e intranquila, en mi ventana, cuando todos dormían.
A partir de aquí digamos que fumaba a ratos, con algún que otro café, alguna noche de fiesta, pero no oficialmente. Tampoco es que antes de dejarlo fuera una chimenea, un paquete cada dos días solía ser lo normal.
Los meses pasaron y cuando me di cuenta ya llevaba “sin fumar” cuatro larguísimos meses. Pero llegó mi particular calvario, la Semana Santa. El buen tiempo, las terracitas, las vacaciones, un cúmulo de desatinadas coincidencias me hicieron caer del todo. Porque no ha sido culpa mía, no, han sido los demás que me incitan.
Quizá lo planteé mal desde el principio y no me puse en serio. Pero me temo que si no lo hice así fue precisamente porque no confiaba en que lo fuera a conseguir. Y pensar que casi me lo creí. Quizá debería haber usado el viejo truco de meter en un bote de cristal, para que se vea bien, lo que me gastaría en tabaco cada semana. Aunque en el fondo habría sido peor, ahora todavía tendría más dinero para refumar.
Misión en Marbella
Un helicóptero, 275 obras de arte, 14 coches de lujo, joyas, 103 caballos pura sangre y más de tres millones y medio de euros en efectivo. Pongamos que Alí Baba es el asesor de Urbanismo del Ayuntamiento de Marbella, Juan Antonio Roca. No tenemos 40 ladrones, pero sí 23 detenidos, de los cuales ya han sido encarcelados la alcaldesa, Marisol Yagüe, la teniente de alcalde, Isabel García Marcos, el empresario Ismael Pérez, y el concejal de Tráfico y Transportes, Victoriano Rodríguez. Y ya podemos montar la función.
La función o el circo, porque entre que el pobre Victoriano, a sus 74 años, tenía que ser ayudado a subir al furgón policial, que la recién casada García Marcos adelantó el fin de su luna de miel para que la detuvieran horas después en el mismo aeropuerto o que la alcaldesa se acababa de hacer una liposucción y sufre el postoperatorio en el calabozo, más parece de risa que digno de representar.
Risa me da a mí, pero no creo que pueda decir lo mismo de la panda de corruptos del Ayuntamiento marbellí. Se lo merecen. El cabecilla- el señor Roca- lleva aprovechándose de los contribuyentes de la ciudad desde los tiempos de Gil. Será que pensó que si entonces no le habían pillado, ahora menos.
Lo peor es lo de la amiga García Marcos. Después de denunciar una y otra vez la corrupción de Gil y promover la moción de censura que acabaría con el ex alcalde, Julián Muñoz, acaba volviéndose de su condición. Tengo dos teorías, o todo era un plan magistral para llegar a donde está ahora y poder disfrutar así del dinero, o es que el poder corrompe, y mucho. Me decanto más por la segunda, lo del plan requiere demasiada inteligencia. Aunque de eso parece que anda servida. Le faltó tiempo para recorrer los platós de Crónicas y A tu lado comentando incluso la relación de Julián Muñoz, Cachuli para los amigos, con la Pantoja.
Los vecinos están de celebración. Llevan cuatro días de espectáculo a la puerta de los juzgados. Los hay que hasta se llevan la revista y la silla, no se vayan a ir a casa y se pierdan algún detalle crucial para el desenlace de la investigación.
Parece que tienen para días porque la operación Malaya- así la llaman oficialmente- continúa sacando topos de sus madrigueras, rodeados de billetes, más negros que el carbón. Que sigan así y, aunque llevará lo suyo, dejarán a España sin cloacas, porque la cosa se extiende, y más si hablamos de ayuntamientos corruptos.
Si cuando Torrente investigó Marbella...por algo sería. Para que luego le llamen el brazo tonto de la ley.
Compañeros de viaje
Después de muchos viernes y domingos de viaje he llegado a la conclusión de que hay cosas que siempre se repiten. Ya sea sobre raíles o por el asfalto, los trayectos suelen ser tan incómodos como entretenidos. Y me explico.
Observar a los pasajeros que te rodean suele ser bastante interesante. Para pasar el rato intentas averiguar qué relación une a aquellos que se sientan juntos; escuchas conversaciones de móvil mientras tratas de imaginar al otro interlocutor; o te entretienes viendo como novios, novias, padres, madres e incluso a veces abuelos esperan en la estación hasta el último momento para despedir y lanzar besos a quien, avergonzado, está sentado al otro lado del cristal del autobús.
Todo eso nada más subir, pero un viaje- aunque sólo dure un par de horas- da para mucho. Los problemas comienzan cuando el que tienes delante decide echar su asiento hacia atrás. “¿Te importa?”. ¿Qué le vas a decir?: “Pues hombre, no me caben las piernas pero por lo demás, todo bien”. Te resignas y contestas que no. Algunos ni preguntan. Aunque no sé qué es peor, si lo del respaldo o que te toque al lado la típica señora con ganas de hablar y no se da cuenta de que eso que tienes en los oídos son unos cascos cantarines. Lo peor viene cuando se te acaban las pilas. Mejor dejarse los auriculares puestos y seguir haciéndose el sordo.
Como no tienes nada que hacer, pues a dormir. Eso si lo consigues, porque cuando no te despierta un móvil última generación con sonido real, es el conductor, que se emociona con el fútbol y pone la radio a todo volumen. Otras veces desearías no haberlo conseguido. Son ésas en las que te despiertas con el cuello destrozado y la espalda en forma de respaldo; o peor, con tu cabeza apoyada sobre el hombro del compañero, que por no despertarte mira avergonzado a su alrededor por si alguien más se ha dado cuenta.
Por fin llegas a tu destino. Si tienes prisa, te ha tocado ventanilla y el vecino del pasillo no tiene ni la más mínima intención de bajar rápido. Haces amagos de que quieres bajar, resoplas, le molestas más de la cuenta al ponerte el abrigo...pero nada. Hay que resignarse a ver cómo los demás ya están cogiendo sus maletas, siempre con la duda de si la tuya seguirá donde la dejaste.
El tren es diferente, más amplio, digamos más independiente. Aún así, si repites mucho el mismo trayecto, el aburrimiento acaba consiguiendo que sepas en qué estación bajará cada persona y, si afinas mucho el oído, hasta qué estudian, dónde trabajan o por qué viajan a esa hora y ese día. Puede que sea demasiado cotilla y el resto de la gente no me recuerde a mí después de verme una semana tras otra. Pero puede que no y la prueba es el revisor, que al acercarse a comprobar mi billete y avisarme del próximo trasbordo me sonríe y me dice: “Bueno, tú ya lo sabes, te veo todas las semanas”.
ARRUGOFOBIA
Si les dicen que les van a inyectar una neurotoxina que produce la bacteria “Clostridium Botulinum” para que se debilite su contracción muscular facial y así tener menos arrugas, ¿aceptarían? Pues en Estados Unidos es lo más normal de mundo. Casi cuatro millones de personas aceptan, e incluso repiten, ya que lo normal es acudir a una sesión cada tres meses. Hablamos, por si se habían perdido entre tanto tecnicismo, del botox.
El lifting, líder de las operaciones de cirugía estética durante la década de los 90, ya es historia. Ahora lo que se lleva son las inyecciones de este fármaco que, según dicen en la Asociación Americana de Cirujanos Plásticos, resulta menos doloroso y traumático. Un trauma es lo que debe tener toda esa gente que, en un intento de meterse en el papel de Peter Pan, se niega a envejecer. No hablo sólo de las eternamente famosas y jóvenes Nicole Kidman, Madonna o Kylie Minogue, un 71% de los que se someten a este tipo de tratamientos ganan menos de 60.000 dólares al año.
Como la historia se repite, y se arruga, volvemos a los tiempos de la desesperación por la juventud eterna. Me pregunto qué roza más la locura, si buscar un lago que por aguas tenga una poción mágica que proporcione la inmortalidad o someterse cuatro veces al año a unos pinchazos. El propósito es tan descabellado como triste: que la cara de una mujer de 50 años parezca más una bolsa de plástico, estirada y reluciente, que la pasa que debería ser en realidad.
Haciendo cuentas, si cada tratamiento cuesta unos 500 dólares y se realiza cuatro veces al año, cada uno de estos fanáticos del botox se gasta una media de 2.000 dólares al año. Parece que, de los 60.000 per cápita que ganan, 2.000 no es nada, aún les quedan otros 58.000 para levantarse los pómulos, quitarse unos gramos de aquí y de allí e incluso ponerse el culito respingón de Beyonce Knowles.
Que se cambie el bisturí por la jeringuilla es sólo un indicio más de la obsesión por la belleza, de su equiparación con el éxito. Una vez más Estados Unidos encabeza las listas de lo que me atrevo a denominar como arrugofóbicos. Intentaré creer que es cuestión de proporciones, aquello de que allí pasan más cosas porque hay más gente.
La recaudación final de cada año es, al menos para mí, alarmante: nueve millones y medio de dólares. Todo ese dinero mueve el mundo de la belleza en el país de las oportunidades. A lo mejor es que tienen como modelo la estatua de la libertad y piensan que si ella no tiene arrugas, nadie las debe tener. Sólo falta que hagan una película para dejar claro mundialmente que es una tendencia “made in USA”.
MALA COMBINACIÓN
Ley de Espectáculos Públicos y Actividades Recreativas del Gobierno de Aragón. Pinta casi tan mal como la que está armando Antonio Gaspar, concejal de Urbanismo de la Comunidad de Aragón.
El pasado 24 de febrero entró en vigor, con más pena que gloria, esta nueva normativa que obliga a los bares de copas a cerrar a las 3:30 de la madrugada de domingo a jueves y una hora más tarde los viernes, sábados y vísperas de festivos. Una medida contra la que, obviamente, los 187 locales afectados van a tomar medidas ante los tribunales. A falta de polémica, Gaspar animó con ironía a la Asociación de Cafés y Bares a llevar a cabo su apelación. “Si quieren ir a los tribunales, que vayan”.
Del otro lado están las salas de fiesta, cuyo cierre se alarga hasta las 6:30. Parece, pues, que la reforma no les ha afectado demasiado porque se convierten ahora en los únicos locales abiertos a partir de las cuatro y media de las madrugadas de los sábados. Son conscientes de su condición privilegiada y se aprovechan cobrando escandalosos precios de entrada- hasta 10 euros sin consumición- cuando antes del cambio eran de entrada gratuita.
En un intento- fallido, claro- de solucionar las cosas, los jóvenes de la capital aragonesa se citaron la pasada madrugada del sábado por medio de un correo electrónico que explicaba las razones de la concentración, la hora y el lugar (a las 4:30 en la Plaza de España para protestar contra la reciente ley). De nada sirvió este arranque revolucionario. Poco antes de la hora indicada había ya más agentes de policía, equipados para “defenderse”, que manifestantes. Y no eran pocos, unos mil jóvenes decidieron acudir a la cita, aunque más bien lo hicieron por demostrar los estragos que el alcohol puede hacer en ellos que por manifestar su oposición a la ley. El resultado: cinco detenidos y diez heridos.
El Gobierno pide calma y piensa que con el tiempo esto se olvidará; los vecinos de las zonas de bares contentos por las horas de sueño que ganan con el cambio; los dueños no tanto, porque al final de cada noche hacen un poco menos de caja; y los jóvenes, que si tienen que protestar, protestan, indignados porque ahora vuelven a casa sin los churros de toda buena mañana de domingo.
¿Dónde quedará el regreso al amanecer o la sensación al salir de un bar de día cuando al entrar en él era de noche aún? Algunos locales ya abren antes- a las 9 de la noche incluso- pero que no piensen que nos van a sacar tan pronto de casa, aquí se sale, por lo menos, cuando la carroza de Cenicienta se ha convertido ya en calabaza.
SIETE VIDAS IMPROVISANDO
Cinco millones y medio de espectadores perdonaron la pasada noche del domingo las risas fuera de guión de Carmen Machí y Gonzalo de Castro en el papel de Aída y Gonzalo, algún que otro olvido de Amparo Baró, como Sole, la comunista más famosa de la tele española después de Carrillo, y la poco acertada actuación de Eva Santolaria, la eterna Valle de Compañeros.
Al capítulo 200 de 7 vidas se le perdona eso y mucho más. Tras quince temporadas de historias, acompañadas de las collejas de Sole, las neuras de Gonzalo, las ordinarieces de Aída o las groserías del frutero , este sit-com decidió celebrar su cumpleaños emitiendo un episodio en directo. El experimento- era la primera vez que se hacía algo parecido en España- funcionó, pese a algún que otro fallo de imagen y sonido.
Desde su primera emisión en 1999 han pasado por el plató de la serie actores de renombre. Tanto ha crecido su nombre que por cuestión de agenda no pudieron asistir al rodaje en directo. Hablo del mítico protagonista, Javier Cámara, o la ahora actriz holliwoodiense, Paz Vega. Pero como 7 vidas no se entiende sin Paco y Laura, los dos estuvieron de alguna manera presentes en el capítulo. No ocurrió lo mismo, y todavía me pregunto por qué, con Guillermo Toledo- Richard en la serie, quien ni siquiera fue mencionado.
Los nuevos y los viejos protagonistas se dieron cita en esta televisada obra de teatro, que tuvo más atento si cabe tanto al público del plató como a los espectadores en sus casas. Más que nada por la emoción del directo, por si alguno se tropezaba , se equivocaba, se quedaba en blanco o lo que era de esperar, le entraba un ataque de risa.
Lo cierto es que los veteranos no me defraudaron y los recién incorporados me dieron una grata sorpresa. Me refiero a una Diana- interpretada por la polifacética Anabel Alonso, que va desde ladrona de barrio hasta celestina en la tele - más borracha y espontánea que nunca, que ya lo es bastante, y a una María Pujalte- Mónica en la serie- desternillante como taza, tetera, plato hondo y el resto de utensilios que dice la canción.
Y ya que estamos de celebración, El Canto del Loco se quiso subir al carro y aprovechar también a esos pocos miles de espectadores que seguro iban a estar pegados al televisor el domingo a las diez en punto. Con su imagen de chicos malos, subidos encima de los sillones y poniendo cara de pocos amigos, Dani Martín y los suyos interpretaron el tema de la cabecera a modo de videoclip.
De esta combinación entre la experiencia de la serie española más veterana y los nervios de un estreno teatral resultó una carcajada continua. Tan continua que duró 45 minutos, tiempo suficiente para que ni los actores pudieran contener su propia risa. Risas improvisadas que consiguieron desbancar en la batalla de las audiencias al mismísimo Fernando Alonso I, coronado “rey del viento” en Bahrein.
SE ABRE EL TELÓN
Quizá porque no soy del Barcelona aunque tampoco del Zaragoza, quizá porque no me gusta Eto’o, quizá, y tengo mis serias dudas, soy racista y ni yo misma lo sé. Sea por la razón que sea, del bochornoso espectáculo que se vivió el pasado 25 de febrero en la Romareda, me quedo con lo que la mayoría de los zaragocistas expresó- no al racismo, sí al fútbol- y trato de olvidar tanto los gritos propios de una tribu de neandertales a la caza del visón- “uh, uh, uh”, a modo de orangután- como el teatrillo montado por el amigo camerunés.
Pensándolo bien, no sé de qué me sorprendo. No se puede esperar menos de una persona que no dudó en decir hace unos días que si se llamara “Etoninho” la gente le querría mucho más. Si con veinticinco años, aunque ocho jugando en el Liga española, tiene tanta sed de fama, que se preparen dentro de unos años, cuando se retire calzando una bota de oro y tenga un gemelo de cera; eso, si no se encargan LaPorta y Rijkaard de exprimirlo antes al máximo, no vaya a ser que decida cambiarlos por otro equipo que ingrese unos cuantos ceros más en su cuenta bancaria.
La actuación estelar del jugador blaugrana en la función del sábado, ante los gritos racistas de unos cuantos energúmenos, no hizo sino satisfacer la voluntad de esos pocos cuyo comportamiento estaba incluso por debajo del de aquellos a quienes simulaban: un puñado de simios. El recurso al color de la piel como insulto en los estadios españoles es tan frecuente como lamentable. Pero, y parece que los demás lo soportan, son igual de lamentables las continuas alusiones a las madres- por decirlo del modo más sutil- del resto de jugadores y técnicos y, cómo no, de los señores árbitros.
No quiero quitarle importancia a lo ocurrido, que la tiene y mucha, pero es algo que los futbolistas sufren jornada tras jornada, jueguen en el campo que jueguen, sean de la raza que sean. Afortunadamente, guardan un as en la manga: su toque del balón, tan brillante que puede silenciar a un estadio lleno de contrarios y emocionar hasta al menos forofo de los aficionados. Ésa es la magia del fútbol, que levanta grandes pasiones. Y las pasiones, por desgracia, no siempre son buenas.
Muchos jugadores aseguran que si Eto’o hubiera abandonado el terreno de juego, se habrían ido con él. Dejen que lo ponga en duda. Si ha sido ésta la primera vez que un futbolista dice “me voy, no aguanto más” en medio de un partido, es porque ninguno de los demás, víctimas también de idénticos insultos, han considerado apropiada semejante solución. Quizá les faltaba valentía y ha tenido que ser Eto’o, con sus aires de superioridad, quien dé los primeros pasos hacia una nueva moda. O quizá no y Eto’o se equivocó.